Viaje por los tópicos. La comida de mamá.

Leía el otro día en Condé Nast Traveler un artículo sobre los tópicos gastronómicos que no son verdad en el que desmontaban algunas creencias populares. Pero había en concreto un tópico que me atrevo a discutir:

  • “El tópico de los tópicos, las madres cocinan bien…. Querido lector: tu madre no cocina bien…” Mamá cocinando en el campo. Topico. Viajar

Si mi madre tuviera que escribir este artículo posiblemente ni se molestaba en intentar defender sus dotes culinarias, consciente de que muchos cocineros, y no necesariamente afamados, cocinan mejor que ella.

Pero hay algo con lo que no puede competir ninguno de los más reconocidos cocineros, premiadísimos y llenos de estrellas Michelín, y es con la relación emocional que tenemos con la comida de mamá.

De pequeños en el campo comiendo sandía

Recuerdo aquellos días de invierno, llegabamos a casa a mediodía para comer, corriendo y hambrientos. Todos hablando a la vez, todavía riendo recordando la última conversación con nuestros amigos antes de despedirnos hasta dos horas después, contando atropelladamente las anécdotas de esa mañana.

Llegabamos a casa hambrientos y corríamos a la cocina para encontrar ahí a nuestra madre y ver qué delicia nos esperaba ese día. La cocina de mamá era variada, intentaba que fuera equilibrada, y todo estaba bueno, pero el día que había fritos…

¡Ese día era una fiesta!

Los fritos son una especie de bolas de masa de harina con tropezones de pollo, carne o lo que hubiera sobrado el día anterior y que en todo caso ¡que más daba si lo rico era la masa! se va cogiendo del plato una cucharada de esta masa y se echa en la sartén con aceite hirviendo donde la masa empieza a tomar formas caprichosas pero digamos que tirando a bolas.

Llegábamos del cole, veíamos que ese día tocaban fritos y ya todo daba igual. Eso sí, los contábamos para saber a cuántos tocábamos, y ¡Ay de aquél que intentara cogerse uno más! Y nos sentábamos a la mesa a comer y a reir, y es que en mi casa nos reíamos muchComida en el campo comiendo una brochetao.

Aún hace no muchos meses nos juntamos en casa de mis padres y le preguntábamos a mi madre que cuando nos hacía fritos.

Y también recuerdo las comidas de los domingos en el campo o las tardes de playa. Cuando ya a la hora de la merienda nos obligaban a salir de las gélidas aguas del Atlántico (nunca más he sido capaz de bañarme en Galicia), morados y con los dedos arrugados.

Nos sentábamos envueltos con la toalla mientras nos daban los bocatas, ¡esos bocatas! de chorizo, sardinas, queso con membrillo y a veces hasta de chocolate, pero hechos con mucho cariño. Y los devorábamos, esos bocatas tan ricos, que no hay otros igual de buenos, aún puedo recordar ese sabor, y puedo sentir el crujido de la arena mientras la masticaba, porque siempre había algo de arena en la toalla, las manos, el bocata…

Playa en Pontevedra

Pues sí, reconozco que quizá Arzak o Adriá cocinan mejor que mi madre pero me temo que nunca podrán competir con el valor emocional de la comida de mamá. Y si tengo que elegir ¡quiero unos fritos!

Y tú, ¿te ateverías a decirme qué plato de tu madre se podría llevar las estrellas Michelín?

Y es que la aventura de viajar no solo es en el espacio, a veces es en el tiempo y a través de los recuerdos.

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